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Como introducción a este libro os ponemos a continuación el primer capítulo:


1


No podía creerlo... ¡Pero era cierto! Estaba tirada en el suelo, con las gafas en algún lugar que no recordaba porque un imbécil había estado a punto de atropellarme con su flamante descapotable, un Porsche blanco.

Y lo peor de todo era, que el tipo ni siquiera había reparado en lo sucedido. Me levanté consumida por mi ira interna, esa que hace que me ponga roja como un tomate y que tenga ese carácter agrio que me impide establecer relaciones a largo plazo. Pues esa misma furia, se acababa de adueñar de mí.


Me levanté a duras penas, intentando en un esfuerzo titánico que mi voz sonara calmada, un esfuerzo inútil al ver la cara de pedante del tipo que iba al volante del coche, con el móvil en la mano y la música tan alta que ni siquiera era consciente de lo que había sucedido.


Por algún extraño designio del destino, su mirada gris se cruzó con la mía y entonces, se percató de que algo no iba bien.


Levantó la capota de su flamante descapotable lo que me hizo pensar que era para presumir de coche, confirmándome con ese gesto que estaba en lo cierto, era un idiota.


— Buenos días guapa, ¿quieres un autógrafo? — soltó con una sonrisa encantadora.


— ¿Perdón? — dije por un instante confusa, ¿de qué hablaba? ¿Ese tío era tonto? Al menos lo parecía, quizás su genética había sido generosa con su rostro, pero desde luego no con su cerebro — ¿Has estado a punto de atropellarme y me dices que si quiero un autógrafo? ¿Qué eres asesino profesional?


—¡¿Qué he estado a punto de atropellarte con el coche?! — preguntó sorprendido.


— Sí, como ni siquiera ibas mirando hacía donde debías, no te has dado ni cuenta — repliqué con tono serio.


— Bueno guapa, pero no ha sido nada porque yo te veo muy bien — continuó estropeándolo y al ver mi rostro enfadado, añadió una sonrisa de dientes perfectamente alineados y resplandecientes.


— Además — siguió — , si he estado a punto de atropellarte, será porque ibas muy deprisa.


Pero qué...


— ¡Ja! — solté con sarcasmo — . Así que yo voy por la acera, por donde tienen prioridad los peatones, los peatones son las personaque van andando por la vía pública, por zonas destinadas a tal fin, como esta que está bajo mis pies, que se llama a-ce-ra — vocalicé despacio, para que entendiese, porque estaba claro que muy listo no era — y tú me dices, ¿qué es mi culpa¿Tú que vas sobre tu coche, mensajeando por el móvil, con la música tan alta que he de gritarte para que me veas y oigas y yo tengo la culpa por ir por la acera demasiado deprisa?


— Está claro que si hubieses ido a paso normal te habría dado tiempo a apartarte o a detenerte hasta que yo hubiese salido — se justificó.


No era capaz de creer lo que escuchaba, era un caradura, guapo sí, pero un jeta.


— ¡Esto es el colmo! Lo que tendrías que hacer chulo descerebrado, seria agachar la cabeza, cerrar la puta boca y pedir disculpas.


Una vez hube acabado, comprobé que no parecía enfadado por mi estallido, más bien sorprendido. ¿Qué le sorprendía? ¿Qué le hablara de ese modo? ¿Qué le riñese?


Apreté los puños y los dientes para calmarme y me di la vuelta.


Regresé al escenario de mi particular crimen y me agaché a buscar las gafas.


Recogí el bolso del suelo y su contenido que había acabado desparramado por la acera. Al flexionar la pierna pude ver un gran agujero en la media, ahora tendría que ir a por otras antes de dirigirme al trabajo.


Resoplé molesta, nada iba a salir bien ya. Era un imbécil que me había truncado la mañana y lo odiaba.


— ¿Cómo puede una persona no darse cuenta de que va a atropellar a otra? Si iba por la acera... ¡Dios Mio! — seguí murmurando entre dientes, tratando de hacer que el enfado se escapase por mi boca y abandonase mi cuerpo tembloroso por lo que había sucedido.


Cerré los ojos para relajarme y sentí un suave roce de manos contra las mías.


— Ten, serán tuyas — dijo en voz baja.


En mi particular mundo de enfado, en el que había estado los últimos minutos, no me había dado cuenta de que la música del coche y el rugido del motor habían cesado.


— Sí, son mías — contesté sin disimular mi enfado — , trae, no quiero que toques mis cosas — le reprendí.


— Están rotas —señaló.


— El milagro ha sido que yo siga de una pieza — respondí cortante.


— Bueno parece que no del todo —musitó.


Me levanté del suelo pues no me sentía cómoda teniéndole tan cerca, sabiéndome observada por ese par de ojos profundos y sombríos.


Él se levantó a la vez, quedando uno frente al otro, su mirada gris se aclaró y mostró algunas motas azules, era un chico guapo de mentón cuadrado y nariz recta y algo grande para los cánones de belleza actuales, pero le daba un toque interesante. Sus labios carnosos y su mirada algo rasgada. Sí, definitivamente era un gilipollas muy

guapo.


— Se han roto — repitió.


– ¿Qué? — pregunté desorientada.


– Tus gafas están rotas, he sido yo, ¿verdad?


– Qué preguntas tienes... — musité enojada.


No me gustaba quedarme hipnotizada mirándolo.


— Bueno, pues voy a arreglarlo — continuó mientras me sacudía el polvo de la falda, rozándome los muslos, cosa que hizo que me sintiera incómoda de nuevo, mientras un maldito escalofrío me recorrió de arriba abajo.


— No gracias, no quiero nada más de ti, he tenido suficiente para toda la vida — susurré sin evitar que mi voz sonara afilada y alejándome de su cercanía.


— Estas preciosa enfadada. Me pone que me plantes cara.


¡¿Qué?! No podía creer lo que había escuchado, tenía que estar oyendo visiones, porque era imposible.


— Perdona, ¿qué has dicho?


— Nada, que dejes que te invite a un café y reponga al menos el cristal de tus gafas, es lo menos que puedo hacer por ti, he estado a punto de atropellarte... por si no lo recuerdas — añadió susurrando como si me contase un secreto.


Desde luego el pobre era tonto. Si no tenía una paga, se la estaba perdiendo.


— No te acerques a mí — dije bruscamente a la par que me alejaba caminando lo más dignamente que me permitían mis piernas temblorosas y cuando creí tener la situación bajo control, se oyó un crujido y trastabillé.


Supe que iba a dar contra el suelo, otra vez. ¿Dos en un día? ¡Dios! Era un día horrible, tendría que comprar lotería, algo bueno me debía suceder, ¿no?


Pero no caí. Sus brazos me rodearon galantemente y para mi asombro, con suavidad.


—¿ También el tacón... ? —me quejé — . Definitivamente, hoy no es mi día.


— Bueno, no todo ha sido malo — replicó con su sonrisa encantadora.


— ¿Ah, no? — dije alejando sus brazos de mi cuerpo. 


— No. Me has conocido a mi.


— Eso, ha sido lo peor de todo — sentencié.


Esperaba que se enfadara, que replicara algo mordaz, sin embargo, de nuevo lo vi. Esa mirada extraña, no sabría si de satisfacción o diversión... lo que tenía claro, era que desde luego no era enfado.


— Vamos — dijo susurrándome demasiado cerca — , déjame al menos sustituir lo que he roto.


Suspiré pesadamente, en verdad, no deseaba estar cerca de él, había algo en su mirada o más bien en su forma de mirarme, que me ponía nerviosa. Muy nerviosa.


Pero por otro lado, mi lado egoísta, me gritaba que aceptara, que me comprase unos zapatos nuevos, unas medias sin agujero incorporado y por supuesto otras gafas.


— Prefiero arreglármelas sola —contesté a pesar del quejido que soltó mi egoísmo.


Sé que te las arreglas sola muy bien, de hecho creo que eres la primera mujer que me planta cara, normalmente temen mi estatura y mi físico imponente, pero no podría dormir sabiendo que además de cometer el peor error de mi vida, que hubiese sido golpearte con el vehículo, también dejé que te marcharas... con todas tus cosas rotas.


Lo sopesé por un momento, parecía que de verdad deseaba reparar el daño, ¿por qué no? No me iba a comprometer, podía dejar que su conciencia descansara en paz y luego seguir con mi vida. Un aire fresco revolvió mi melena y la suavidad de sus dedos al apartar la guedeja de mi mejilla, me dejó sin aliento.


— Está bien — contesté — . Pero primero he de hacer una llamada.


Me giré dándole la espalda y marqué el número de mi oficina. Tras dos pitidos, Soraya al otro lado contestó.


– Buenos días Soraya. Sí, lo sé, llego tarde. No, es que he tenido un percance, si un necio casi me atropella con el coche. Si, si, estoy bien, pero me ha destrozado los zapatos, las gafas y las medias. No, llegaré en un rato, si llega mi cita, por favor, sírveles un café y haz que me esperen. Gracias bella. Nos vemos.


— ¿Ya? — preguntó interesado.


— Sí, ya. Tenia que avisar en el trabajo.


— Y, ¿en que trabajas?


— Y, ¿a ti qué te importa?


El sonrió.


— Buen golpe – admitió — No debería importarme, pero ya sabes... soy un necio.


Al escucharle me quedé de piedra, me había escuchado aunque suponía que no había sido muy discreta... Y la verdad es que la calle pese a ser la hora de más bullicio del día, estaba en silencio. Le tanteé con la mirada y la soberbia brillaba en su mirada gris volviéndola turbulenta. Me molestó su forma de mirar, su pose.


— En realidad, no se porqué no me voy, yo puedo pagar las cosas rotas — repliqué molesta.


— Pero no sería caballeroso por mi parte — musitó.


— ¿Qué más te da? ¿Acaso crees que eres un caballero? ¿Uno con brillante armadura? Pues no, ni de lejos.

Él sonrió descarado.


— Aun así, me gustaría intentarlo.